Una historia casi real

Fábula de la Papaya

 

Un cierto día, un finquero que administraba un ubérrimo sembrado de papaya, tuvo problemas con los precios de la fruta. Se la estaban pagando por debajo de lo esperado y su principal comprador se negaba a firmar un contrato que le permitiera al finquero mejorar su situación económica. Llevado por el desespero decidió entonces, sin pensar mucho en las consecuencias, llenar  su camioneta de papaya e irse a alimentar sus animales.

En el camino, el finquero pasó por la finca vecina, donde los animales estaban algo inquietos. El dueño de esa finca, su vecino Hugo, se la pasaba visitando otros terrenos y poco se preocupaba de sus vacas

-         Puedo compartir algo de esta fruta con estos animales.- pensó el finquero. Así le agradecía a su vecino que le  permitiera el paso por su finca para llegar a sus cultivos.

Entonces el finquero detuvo su camioneta en mitad del potrero del vecino, se subió en el volcó y desde allí empezó a llamar a los animales para alimentarlos.

-         Toma, toma, toma - decía el finquero convocando a la manada.

Inicialmente los animales dieron unos pasos curiosos hacia la camioneta, pero  cuando comprendieron  que se trataba de alimento, emprendieron carrera para llegar a tiempo a la repartición de la papaya.

El finquero se sentía dichoso. Por fin podía hacer algo provechoso con su fruta. Repartirla le iba a proporcionar muchas ventajas. Los compradores, ante la escasez seguramente le ofrecerían un mejor precio;  el gran comprador pensaría mejor en la conveniencia de firmar el acuerdo comercial; su vecino estaría muy  agradecido con este obsequio y aprovecharía tanta papaya para ganar méritos con sus propios animales; y él, que disfrutaba cuando le reconocían su generosidad, estaba muy a gusto alimentándolos. Pero por supuesto, los más felices con este gesto (que difícilmente podemos calificar de humanitario, por estar dirigido a las vacas) eran los propios animales.

Felices con el sabor de la papaya madura, las vacas, metían sus hocicos hasta las narices, sorbiendo el dulce almíbar de la fruta, atorrándose con el color anaranjado de sus pulpas y hartándose de comida buena. Mugían de alegría.

Era tanto el entusiasmo y la gula de la manada que empezaron a atropellarse unas a otras para lograr la mejor tajada, mientras, con sus patas, pisoteaban el alimento, que en el suelo se fundía con el barro y los excrementos de las bestias.

Las gallinas y los patos del vecindario aprovecharon semejante comilona para recoger su parte. En medio de la algarabía comunicaban a los cuatro vientos que allí se estaba repartiendo papaya y que el que se avispara podía sacar tajada en esta fiesta improvisada. Exponiéndose a los pisotones inclementes de las vaca,s gallinas, patos y pollitos picoteaban rápidos entre las extremidades poderosas que se arremolinaban en torno a la camioneta del finquero.

Pronto llegó a la repartiña el furioso toro que el finquero nunca había logrado meter en los corrales.

-         Si la comilona es para nosotros, habrá que llegar a ella aunque sea saltando cercas  - decidió el viejo toro que creía así reclamar sus derechos en una comida  salida de su propia finca.

La llegada del animal rebelde alborotó más esa horda de gallinas cacaraqueantes, vacas mugientes y finquero asustado con su propio invento. En un momento se formó el desorden total. La camioneta fue rodeada por un enjambre de bestias agresivas que se empujaban furiosas intentando apartar a otras del manjar frutífero.

Otros toros vecinos intentaban saltar también los cercos para llegar a la orgía. El del norte, bramava pidiendo comida para él. El de raza normanda reclamaba mugiendo porque esperaba que  la comida le llegara hasta su patio.

En el piso, la fruta pisoteada ya no tenía mayor provecho para ninguno, varias gallinas murieron bajo las patas inclementes de las enormes vacas y un mugido de rabia y desespero salió de la manada hambrienta.

De repente una de las vacas se atravesó entre la camioneta y sus compañeras, ansiosa por  meter su trompa en el volcó y buscar fruta fresca, sin el barro de la que estaba en el suelo. Esto enfureció a la manada que arremetió contra la vaca y con un empujón la incrustó en el volcó. La camioneta del finquero quedó maltrecha, con un hundido enorme, del tamaño de la barriga del animal inoportuno y la pobre vaquita se alejó aporreada por sus propias compañeras.

El finquero asustado por los excesos de la manada se metió en la camioneta, encendió el motor y aceleró como pudo para alejarse dejando su carga de papayas en el potrero vecino. Ya a salvo de la impaciencia de las vacas se detuvo un momento a observarlas. Algunas seguían olisqueando el suelo empapayado, buscando alguito de la pulpa dulce que habían pisoteado. Otras se marchaban a seguir rumiando con amargura sin darle la menor importancia al finquero. El  toro viejo y rebelde mugía con rabia hacia la camioneta, culpando al finquero de semejante desorden y las gallinas todavía picoteaban los restos que ahora se confundían con plumas, barro y excrementos.

-         Que torpe he sido, - pensó desconsolado el finquero.

Al frente lo esperaban sus propias vacas, que, encerradas detrás de un alambre de púas, lo miraban impacientes esperando que el patrón hubiera dejado algo para ellas.  Pero ¡nada!, en el volcó de la camioneta no quedaba ni una simple papaya. Toda la había dejado en el potrero vecino, a unas vacas que ni siquiera leche producirían para él. Sus propias vacas, en cambio lo miraban con esos ojos grandes suplicantes, abiertos de esperanza, con esa paciencia de animales que tantas veces han creído que ahora sí les llega la comida.

Moraleja: Guarda la papaya para tus propias reces. Las vecinas se comen todo, no agradecen y no producen nada.

* Catay Noviembre 2007


Inicio Perfil Infantiles Para Grandes Periodismo Poesía En los Medios Galería Multimedia Contácteme